Si algo hay que temer del futuro, nos dicen las leyes de la ciencia ficción, es que los robots sean autónomos y, ay, más inteligentes que el ser humano. Porque de ahí a que sea nuestros jefes hay un paso. Y, ¿hay algo más inquietante que imaginarnos negándole a un robot la tarea que nos ordena? ¿Que nos haga sentir más cerca del fin de la especie humana? Si pasamos el día entero ante ordenadores (del tamaño de un móvil o de sobremesa) obedeciendo sus diálogos, ¿seríamos capaces de decirle una y otra vez a unas máquinas que ese trabajo preferiríamos no hacerlo?

Pues no. Resulta que estamos encantados de que un ordenador nos mande. Lo asegura una nueva investigación del Laboratorio de Ciencia Computacional e Inteligencia Artificial (CSAIL) del MIT, donde se sugiere que en según qué trabajos manuales nos inclinamos antes a obedecer a un robot que a un superior de carne y hueso. “Hemos descubierto que al dar mayor autonomía a las máquinas, ayudamos a los humanos a trabajar de forma más fluida con los robots”, asegura Matthew Gombolay, científico líder del proyecto. Pero no sólo de eficacia estamos hablando a raíz de este experimento, sino de clima de confianza y seguridad. En definitiva, de que con un robot en la empresa somos más felices trabajando.

La reina Isabel II mira con curiosidad a lo que quizá en el futuro pueda ocupar el trono de Reino Unido / Getty Images

Es más que probable que el misterio de ese bienestar laboral radique en que los trabajadores prefieren a las máquinas como jefes porque así asumen menos responsabilidades. Entre las conclusiones a las que ha llegado el estudio del MIT, los investigadores subrayan que el hecho de que los responsables de emitir órdenes sean máquinas y carezcan, así, de emociones, libera a los empleados de posibles conflictos en la cadena de mando. En el fondo, se trata de evitar malos tragos: la discusiones no existen cuando un robot se equivoca al delegar tareas y el culpable ya no es un humano, sino un ordenador.

Nuestra predisposición a acatar con alegría órdenes de robots tampoco debería sorprendernos tanto si tenemos en cuenta que en nuestro día a día ya recibimos sugerencias y cumplimos mandatos de nuestro ordenador, por citar un ejemplo mundano. Pero el experimento del MIT, así como otras investigaciones previas, hacen emerger preguntas interesantes sobre qué tipo de demandas somos capaces de recibir de una máquina. Por el momento, no tenemos problema con robots que nos ordenan hacia dónde tenemos que girar cuando conducimos guiándonos con el GPS, pero otra cosa es, por ejemplo, que una máquina sea encargado de una tienda o capitán del ejército. Y tal y como reconocen los científicos, las personas que participaron en el estudio son estudiantes universitarios y jóvenes profesionales que no se ven amenazados por la posibilidad de que un robot les sustituya en su puesto de trabajo.

El nuevo Stravinski quizá esté hecho de metal y su alma sea un algoritmo / Getty Images

En este sentido, poco entusiasmo ha provocado en el ámbito del periodismo que los robots sean la nueva sensación en redacciones tan prestigiosas como The New York Times, Los Ángeles Times o Associated Press, agencia que recientemente anunció que sus robots se responsabilizarán de las noticias sobre los resultados bursátiles del parqué internacional. De hecho, como bien indica Mark. P. Mills en su columna de Forbes, en nuestra sociedad de la información la gran amenaza robótica ya no es el hoy ingenuo androide, sino el algoritmo. Casi la mitad de profesiones corre peligro por el avance de la robótica: según la universidad de Oxford en cuestión de dos décadas las máquinas podrían servirnos hamburguesas en cualquier garito de comida rápida. Sin embargo, en el debate distópico en torno al trabajo y la tecnología, el algoritmo ha aparecido con la potencia de un relámpago para socavar nuestra fe en si los robots han venido con el fin de ayudarnos profesionalmente.

La discusión sigue abierta a especulaciones y como recuerda James Martin en un artículo del año pasado en The Globe and the Mail, según las tres leyes de la robótica establecidas por Isaac Asimov, nada impide a un robot ser nuestro jefe. Ahora, como se desprende de la investigación del MIT, resulta que nos haría más productivos y más felices.